“Nunca más volví a tener amigos como los que tuve a los 12 años. Cielos ¿Acaso alguien si? “- pregunta la voz del narrador, Richard Dreyfuss, el personaje Gordie Lachance de adulto al final de la película Cuenta Conmigo de Rob Reiner.
Nosotras a los 12 también mentíamos para ir en busca de cadáveres, atravesábamos aguas infectadas de sanguijuelas, corríamos delante de los trenes, nos pegábamos con quien se metiera con nosotras… Aunque también es verdad que el rio de Pajares nunca tuvo sanguijuelas, que nunca vimos un cadaver que no fuera en su correspondiente caja y camino del cementerio, que aunque atravesamos la vía del tren un millar de veces jamás vimos un tren, jamás, y, aunque se metieran con nosotras, nosotras nunca respondíamos porque total a quién le importa.
Nunca más volví a tener amigas como las que tuve a los 12 años.
Categoría: Cualquier tiempo pasado fue anterior
Relatos con aire de nostalgia.
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A los 12
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Decoding the 2000s
Hace unos días vi la nueva colección de una marca española en un escaparate “Decoding the 2000s” y la verdad es que no me parecía acertada su interpretación. La marca además lleva años luchando por no desaparecer del exigente mercado del pret à porter. A lo que iba, con total incredulidad y espanto por lo que acababa de ver continué caminando hasta el döner kebab -suministrador de lo más parecido a un plato de Harvard que he comido últimamente-relatando conmigo misma lo equivocada que está la visión de la marca aunque también se llevaran la lycra y los tejidos sintéticos esa década. En mi cabeza suena Ooops I did it again de Britney que inauguraba la década vestida de látex rojo. Un durum de pollo sin salsas. Recuerdo la expectación que generó el efecto 2000 y cuando llegó no fue nada. Una década que empezó defraudando a los milenaristas -o no- ya que el mundo cambió mucho tras la caída de las torres gemelas un año y poco después y acabó -la década- con la primera crisis económica del siglo XXI. Sea como fuere no vestíamos así. ¿Así cómo? Me pregunta mi madre unos días después mientras me invita a comer en su casa y le cuento la anécdota. Así, le enseñó los looks en la web de la marca. Mi madre sonríe y se levanta a su dormitorio. Vuelve con Los álbumes. A mi madre le gustan las fotos más que nada en el mundo y guarda álbumes y pen drives con millones de imágenes que resumen momentos de nuestra vida. “Los álbumes” son algo así como una institución en nuestra familia. Los depositarios de memorias ancestrales que algún regidor comprará un día en un reto como ambientación para un decorado cuando quien sea que herede mis trastos se deshaga de ellos tras mi muerte. El caso, que mi madre se sabe además el contenido de cada uno como si fuera bibliotecaria o archivera de profesión. Miramos tres. Nos reímos mucho. Mi madre casi se atraganta con la dorada. Me toca comerme cada uno de mis pensamientos y cada una de mis afirmaciones a propósito de la colección de la susodicha marca. Te pido perdón y te lo digo alto: lo habéis bordado. El espanto y la incredulidad se apoderan de mí. En mi cabeza suena Saoko papi saoko.
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Rucu-rucu
No entendía porqué habíamos ido hasta allí a poner lavadoras. 600 kilómetros para poner lavadoras. Media península para poner lavadoras. Mientras el resto de primos se entrenían en tareas que a mi juicio eran más divertidas: quitaban cuadros de las paredes y los envolvían en papel de burbujas, hacían montones de libros siguiendo criterios desconocidos, sacaban cajas de cachivaches de los cajones y luego los cachivaches de las cajas, revisaban papeles misteriosos… Mi madre no dejaba de lavar y tender. Lavar y tender. Bajábamos al garaje, cogíamos ropa y subíamos a poner lavadoras. La ropa huele rara y tiene polvo como de volcán. Programa corto.
Camino por la casa, observando las habitaciones y a los primos de mi padre. Es la primera vez que vengo fuera de temporada. Siempre vengo en verano con la casa llena de gente, de colchones tirados en cualquier lugar y de comida. En verano en esta casa simultáneamente y sea la hora que sea alguien duerme, alguien come y alguien está en la playa. Y todo está bien. No sé dónde está la prima Lucía que es la dueña de la casa.
En el garaje uno de los primos de papá está pintando las paredes ennegrecidas. Le ofrezco mi ayuda. Me pide que conecte la manguera y riegue las plantas de la entrada. Las riego. No estoy entendiendo que hacemos aquí porque a todo este jaleo de cajas, gente, cachivaches y demás no le acompaña un ruido, una palabra, un porqué. Los objetos en silencio, las personas en silencio, el pueblo en silencio.. Solo se escucha el rucu rucu de la lavadora.
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Siempre que puedas…
Assilah. Mayo 2016.
Siempre que puedas coge un tren.
En este viaje nosotrxs cogimos el tren que conecta Tánger con Assilah y que tarda dos horas y media en hacer los escasos 50 km que separan las dos poblaciones. Estoy convencida de que un ciclista aficionado nos adelantó y nos lo volvimos a cruzar a su vuelta… Pero los trenes tienen algo mágico: te mecen como en otra realidad física donde el tiempo se vuelve denso y la realidad a través de las ventanas se representa onírica, irreal e impostada, como si por donde pasaras fueran representando una pantomima. Dos vacas famélicas pastan, tres señoras charlan, un señor camina solo, un burro da una coz al aire, el atlántico vacio -eso parece desde el tren-… Y de nuevo: las vacas, las señoras, el señor, el burro, el mar…como en un zoótropo que no para de dar vueltas, el paisaje parece repetirse y repetirse durante las dos horas y media (46 km) que separan Tánger de Assilah.
Así que siempre que puedas coge el tren.
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Hoy en «Cualquier tiempo pasado fue anterior»: El R8 de mis abuelos
Coordenadas desconocidas
El Renault 8 de mi abuelo nunca nos llevó muy lejos pero rugía como si viniera de vivir grandes aventuras. Recuerdo que aunque estuviera en la otra punta del pueblo sabía cuando llegaban mis abuelos por aquel ruido tan característico. Claro que esto también era posible porque el pueblo es pequeño y sólo tiene una carretera que lo atraviesa de norte a sur. Pero es un hecho que rugía y no sólo para mí, ya que si yo no lo había escuchado alguien lo hacía y me decía: “Ahí viene el coche de tu abuelo”.
Recuerdo que en la palanca de cambio había una especie de decoración hecha de ámbar y conchas, seguramente fea pero integrada en el conjunto; recuerdo un salpicadero de madera donde mi abuela había colocado la estampita de la virgen del desprecio, de su pueblo natal, no fuera a ser que por no llevarla nos fuera a pasar algo. Mi abuela más que creyente por convicción es creyente por precaución, esto es, llevaba a la virgen en el coche como llevaba agua, anticongelante, aceite o rueda de repuesto, es decir: por si acaso. Recuerdo que la tapicería original estaba impecable porque mi abuela nunca había dejado que estuviera sin proteger. Por aquel entonces lucía unas fundas de un tejido muy suave y esponjoso con un estampado de cebra que contrastaba con el color guinda –mi abuela siempre lo describió así- de la carrocería.
Recuerdo su maletero delantero, ese donde cabían, siempre según mi abuela, un número determinado de bultos. En este país antes de usar troleys y bolsas de rafia se empaquetaba en cajas y atillos y mi abuela en esto siempre fue muy buena y hacía embalajes que ni las mejores agencias de transporte igualan hoy. Tras empaquetar anunciaba severamente: Lleváis 4 bultos: 2 cajas, una bolsa y la maleta. Tenéis que llegar a casa con 4 bultos. Luego nos miraba profundamente y decía: 2 cada una, 4 en total. No os dejéis nada. Y metíamos los 4 bultos en el maletero, que por aquel entonces llamábamos capó. Yo imaginaba –claramente influenciada por la factoría Disney- que los bultos empezarían a multiplicarse –como las escobas de Fantasía o los elefantes rosas en Dumbo- y mi madre y yo seríamos incapaces de cumplir con la misión encomendada por mi abuela.
Recuerdo que esa fue una de sus principales funciones hasta el final: hacía de enlace con los autobuses a Madrid. Aunque también acompañaba en las compras y los recados; íbamos en él a las visitas o a por níscalos y fue mi coche ambulancia mucho tiempo. Llevando a cabo esta última función una vez me comí un bocadillo en su interior como algo excepcional. Mi abuela lo preparó porque me daban el alta después de varias semanas en el hospital y, como es una mujer previsora, harta de la comida de hospital también, se llevó unos bocadillos de casa. Había tardado tanto en salir que teníamos prisa y ganas de llegar. Me comí el mío en el trayecto a casa y desde entonces no he vuelto a comer en un coche. No merece la pena.
Recuerdo también que se deshicieron de él más o menos al mismo tiempo que los recuerdos empezaron a abandonar a mi abuelo. Lo vendieron por una cantidad simbólica a un tipo que usaría sus piezas para otro R8, éste con suerte, de rally competición. Así que terminaría sus días siendo una caja de recambios. Triste futuro para un gran coche y también para mi abuelo, al que a día de hoy ya han abandonado todas sus vivencias, recuerdos y capacidades. Así que yo prefiero imaginarles en otro presente a los dos: Al Renault 8 color guinda retirado en La Habana, llevando a turistas de acá para allá por unos dólares convertibles y a mi abuelo bailando pasodobles con mi abuela en un hotel de Benidorm.
Ninguno de los tres se merecía menos.